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El periodismo religioso y la religión del periodismo

Cuando Dios se asoma por los medios, muchos periodistas no saben si incensarlo, ignorar su presencia o hacerle la enésima necrológica. Pero ¿por qué no hacer, simplemente, periodismo? 

Marc Argemí 

Corría el año 2009 cuando dos editores de  The Economist, la gran biblia de la élite liberal anglosajona, publicaban un ensayo documentadísimo, God is Back. La tesis central afirmaba que “las cosas que se suponía que destruirían la religión -democracia y mercados, tecnología y razón- se están combinando para hacerla más fuerte”. John Micklethwait y Adrian Wooldridge, un católico y un ateo, concluyeron que progreso y religión no sólo no eran enemigas, sino que iban de la mano en la mayoría de lugares del mundo. Europa y ciertos círculos intelectuales de la costa Este serían, en este sentido, una rareza.

Incomprensiblemente, el hecho de que dos influyentes periodistas se atrevieran a cuestionar uno de los pilares de la corrección política no atrajo la atención de los medios aquí. ¿Por qué? ¿por desidia? ¿por el anticlericalismo multisecular? ¿por una espiral del silencio promovida desde ciertas conspiraciones? La respuesta, cualquiera que sea, puede encontrarse en motivos mucho menos ideológicos. Si ningún medio de comunicación de España habló del ensayo exhaustivo de dos editores de la principal revista liberal del mundo tal vez no fue porque consideraran ofensiva la tesis de que promovían. Me atrevo a aventurar que, más bien, les resultaba incomprensible.

De un tiempo a esta parte, cierta religión del periodismo -ese conjunto de creencias apriorísticas que el gremio asume como carta de navegación imprescindible para el buen profesional- ha tendido a menudo a considerar el hecho religioso como algo de ratas de sacristía, si no -peor- como algo con reminiscencias franquistas que sólo gusta a cuatro viejas de derechas. En el mejor de los casos, un hecho digno de ser contemplado como una parte entrañable, aburrida y en el fondo irrelevante de la cotidianidad. Y, claro, cuando la situación ha llegado a este punto es fácil poner la excusa de que no se da información religiosa porque no hay gente que la pida.

Es caricatura, obviamente. Hay varias, y honrosas excepciones. Pero incluso estas excepcionales excepciones -unos pocos periodistas de prestigio- compartirán la apreciación de que hoy el periodismo en nuestros lares es predominantemente analfabeto en lo que respecta a cuestiones espirituales y religiosas. Una membrana de indiferencia parece haber envuelto con eficacia todo lo que huela a religioso, que permanece recluido, desprende olor a despensa mal ventilada y parece que sólo pueda lucir en museos o sacristías.

Esta situación perjudica al hecho religioso, pero también al periodismo. Un periodismo incapaz de descodificar un hecho social o personal como éste, de dar al menos pistas válidas para que la audiencia pueda hacerse un mapa comprensible de la situación, es un periodismo incompleto. Lo saben en el New York Times, que da una amplia cobertura en Religion and Belief,  o al Frankfurter Allgemeine, del que me contaban hace un tiempo que tenía dos redactores seniors especializados en religión.

Pero, ¿cómo informar de creencias, en un país como el nuestro, donde nuestros abuelos guardan en la memoria el recuerdo de los muertos por causa de la fe, y nuestros padres crecieron bajo un poder que tenía por oficial un credo determinado? Si para los primeros la religión tendría tonos épicos, para los segundos podría despertar ciertos resentimientos. Y entre los que hemos llegado después, la actitud más sugerente es la indiferencia.

Sin embargo, siempre he pensado que el hecho religioso y el periodismo se beneficiarán mucho mutuamente el día que descubran que tienen en común objetivos y enemigos. Ambos afirman buscar la verdad, y ambos combaten la ignorancia. La crisis de los medios tiene más en común con la crisis de la práctica religiosa de lo que pueda parecer en un principio: el relativismo ha disuelto en muchas personas las inquietudes para saber más sobre la verdad, el bien, el mal y la belleza. Si cada uno tiene su verdad particular, ¿qué necesidad hay de conocer los universales?

Bien, de acuerdo, pero ¿Es posible un periodismo religioso que recoja la dimensión trascendente de las personas, sea comprensible para el gran público y al mismo tiempo no sea aburrido? Parece la cuadratura del círculo y más cuando, como dice un amigo mío, a menudo se confunde la trascendencia con el aburrimiento, y si algo no quiere el periodismo es resultar aburrido.

Hay muchas formas de encuadrar el hecho religioso de forma que sea atractivo. Cada una tiene sus ventajas y sus carencias. La más frecuente es el enfoque deportivo. A imagen y semejanza de la prensa deportiva, se presentan los hechos siempre desde el prisma favorable al equipo de los lectores, sea éste el religioso o el antirreligioso. Más que describir la realidad, la vive y toma abiertamente partido: que ganen los míos. Las audiencias de este tipo de periodismo suelen ser las convencidas, de un lado y del otro.

Una segunda forma es la aproximación política: aplicar, por ejemplo, en la Iglesia, un esquema de derechas contra izquierdas, progresistas contra conservadores. Son simplificaciones que proporcionan un relato de la realidad, pero demasiado a menudo esa realidad que reflejan está sólo en la imaginación de quien escribe.

A veces resulta efectivo el esquema sensacionalista: una víctima, un agresor, unos hechos luctuosos y el medio de comunicación como garante de la justicia. Este es el esquema más repetido en la sección de sociedad, donde se han encajado tradicionalmente las informaciones sobre religión. Pero tal enfoque, en religión como en todos los otros campos, tiene el inconveniente de que es incapaz de hacer interesante el aspecto más trascendente, y puede caer en cambio en una espiral de sensacionalismo barroco, cada vez más rebuscado o escabroso.

Hay, todavía, una aproximación que mira exclusivamente la dimensión espiritual de la cosa, como algo desconectado de la actualidad más inmediata. Un personaje exótico, las nuevas terapias venidas de tierras lejanas, o incluso las novedades en la autoayuda, son algunos de los reclamos.

Algunos periodistas están intentando algo relativamente nuevo, y muy sencillo: hacer periodismo. Es decir, aplicar al hecho religioso el mismo rigor y la misma seriedad profesional que se pone para informar, por ejemplo, de la Fórmula 1. A ninguno de los periodistas que siguen la caravana de pilotos y escuderías de circuito en circuito se le pide que sepa conducir uno de esos coches de carreras. Pero a todos se les exige, en cambio, que expliquen bien qué es un pit-stop, como se obtiene una pole o qué reglamentación afecta al carburante. Mientras esta exigencia de profesionalidad esté presente, incluso los que somos aficionados de Ferrari toleraremos que al periodista se le note que apuesta por Red Bull.

El día que la religión del periodismo deje de ver el periodismo religioso como el patito feo, la opinión publicada será más completa y la religión saldrá de las trincheras defensivas que, por instinto de supervivencia, tantas veces ha tenido que refugiarse.

El periodisme religiós i la religió del periodisme

Quan Déu treu el nas pels mitjans, molts periodistes no saben si encensar-lo, ignorar la seva presència o fer-li l’enèsima necrològica. Però ¿per què no fer, simplement, periodisme?

Marc Argemí

Corria l’any 2009 quan dos editors del The Economist, la gran bíblia de l’elit liberal anglosaxona, publicaven un assaig documentadíssim, God is Back. La tesi central afirmava que “les coses que se suposava que destruirien la religió –democràcia i mercats, tecnologia i raó‑ s’estan combinant per fer-la més forta”. John Micklethwait i Adrian Wooldridge, un catòlic i un ateu, van concloure que progrés i religió no només no eren enemigues, sinó que anaven de la mà en la majoria d’indrets del món. Europa i certs cercles intel·lectuals de la costa Est serien, en aquest sentit, una raresa.

Incomprensiblement, el fet que dos influents periodistes s’atrevissin a qüestionar un dels pilars de la correcció política no va atraure l’atenció dels mitjans catalans. Per què? per desídia? per l’anticlericalisme multisecular? per una espiral del silenci promoguda per certes conspiracions? La resposta, sigui quina sigui, pot trobar-se en motius molt menys ideològics. Si cap mitjà de comunicació català va parlar de l’assaig exhaustiu de dos editors de la principal revista liberal del món potser no fou perquè consideressin ofensiva la tesi que promovien. M’atreveixo a aventurar que, més aviat, els resultava incomprensible.

D’un temps ençà, certa religió del periodisme –aquell conjunt de creences apriorístiques que el gremi assumeix com a carta de navegació imprescindible per al bon professional- ha tendit sovint a considerar el fet religiós com a cosa de rosegaaltars, si no –pitjor- com quelcom de reminiscències franquistes que només agrada a quatre iaies de dretes. En el millor dels casos, un fet digne de ser contemplat com una part entranyable, avorrida i en el fons irrellevant de la quotidianitat. I, és clar, quan la situació ha arribat en aquest punt és fàcil posar l’excusa de què no es dóna informació religiosa perquè no hi haurà gent que la demani.

És caricatura, òbviament. Hi ha diverses, i honroses excepcions. Però fins i tot aquestes excepcionals excepcions –uns pocs periodistes de prestigi- compartiran l’apreciació de que avui el periodisme català és predominantment analfabet pel que respecta a qüestions espirituals i religioses. Un tel d’indiferència sembla haver embolcallat amb eficàcia tot allò que faci tuf a religiós, que roman reclòs, desprèn olor a rebost mal ventilat i sembla que només pugui fer goig a museus o a sagristies.

Aquesta situació perjudica al fet religiós, però també al periodisme. Un periodisme incapaç de descodificar un fet social o personal com aquest, de donar almenys pistes vàlides perquè l’audiència es faci un mapa comprensible de la situació, és un periodisme incomplet. Ho saben al New York Times, que dóna una àmplia cobertura a Religion and Belief,  o al Frankfurter Allgemeine, del qual m’explicaven fa un temps que tenia dos redactors sèniors especialitzats en religió.

Però, com informar de creences, en un país com el nostre, on els nostres avis guarden en la memòria el record dels morts per causa de la fe, i els nostres pares cresqueren sota un poder que tenia com a oficial un sol credo determinat? Si per als primers la religió tindria tons èpics, per als segons podria evocar certs ressentiments. I entre els que hem arribat després, l’actitud més suggerent és la indiferència.

Malgrat això, sempre he pensat que el fet religiós i el periodisme es beneficiaran molt mútuament el dia que descobreixin que tenen en comú objectius i enemics. Ambdós afirmen cercar la veritat, i ambdós combaten la ignorància. La crisi dels mitjans té més en comú amb la crisi de la pràctica religiosa del que pugui semblar en un principi: el relativisme ha dissolt en moltes persones les inquietuds per a saber més sobre la veritat, el bé, el mal i la bellesa. Si cadascú té la seva veritat particular, quina necessitat hi ha de conèixer els universals?

Bé, d’acord, però ¿És possible un periodisme religiós que reculli la dimensió transcendent de les persones, sigui comprensible per al gran públic i al mateix temps no sigui avorrit? Sembla la quadratura del cercle i més quan, com diu un amic meu, sovint es confon la transcendència amb l’avorriment, i si una cosa no vol el periodisme és resultar avorrit.

Hi ha moltes formes d’enquadrar el fet religiós de forma que sigui atractiu. Cadascuna té els seus avantatges i les seves mancances. La més freqüent és l’enfocament esportiu. A imatge i semblança de la premsa esportiva, es presenten els fets sempre des del prisma favorable a l’equip dels lectors, sigui aquest el religiós o l’antireligiós. Més que descriure la realitat, la viu i pren obertament partit: que guanyin els meus. Les audiències d’aquest tipus de periodisme solen ser les convençudes, d’un costat i de l’altre.

Una segona forma és l’aproximació política: aplicar, posem per cas, a l’Església, un esquema de dretes contra esquerres, progressistes contra conservadors. Són simplificacions que donen un relat de la realitat, però massa sovint aquella realitat que reflecteixen està només en la imaginació d’aquell qui escriu.

De vegades resulta efectiu l’esquema sensacionalista: una víctima, un agressor, uns fets luctuosos i el mitjà de comunicació com a garant de la justícia. Aquest és l’esquema més repetit en la secció de societat, on s’han encabit tradicionalment les informacions sobre religió. Però tal enfocament, en religió com en tots els altres camps, té l’inconvenient que és incapaç de fer interessant l’aspecte més transcendent, i pot caure en canvi en una espiral de sensacionalisme barroc, cada cop més rebuscat o escabrós.

Hi ha, encara, una aproximació que mira exclusivament la dimensió espiritual de la cosa, com quelcom desconnectat de l’actualitat més immediata. Un personatge exòtic, les noves teràpies vingudes de terres llunyanes, o fins les novetats en l’autoajuda, en són alguns dels reclams.

Alguns periodistes estan intentant una cosa relativament nova, i molt senzilla: fer periodisme. És a dir, aplicar al fet religiós el mateix rigor i la mateixa serietat professional que es posa per informar, posem per cas, de la Fòrmula 1. A cap dels periodistes que segueixen la caravana de pilots i escuderies de circuit a circuit se li demana que sàpiga conduir un d’aquells cotxes de carreres. Però a tots se’ls exigeix, en canvi, que expliquin bé què és un pit-stop, com s’obté una pole o quina reglamentació afecta al carburant. Mentre aquesta exigència de professionalitat estigui present, fins i tot els que som aficionats de Ferrari tolerem que se’ls noti que aposten per Red Bull.

El dia que la religió del periodisme deixi de veure el periodisme religiós com l’aneguet lleig, la opinió publicada serà més completa i la religió sortirà de les trinxeres defensives on, per instint de supervivència, tantes vegades s’ha hagut de refugiar.

La Catalunya que sí espera al Benedicto XVI

Fuente: ANA LUISA ISLAS // ABC // http://www.abc.es/20101031/comunidad-catalunya/cataluna-espera-benedicto-20101031.html

Cuando en marzo de 2010 anunció que el Papa vendría a Barcelona a consagrar la Sagrada Familia como basílica, el Arzobispado invitó a la gente a participar dándole la bienvenida a Benedicto XVI. Meses más tarde, se anunció que serían necesarios cientos de voluntarios para poder llevar a cabo la logística de la visita. En octubre, apenas se habían inscrito 800 de los 1.500 voluntarios necesarios para llevar a cabo las tareas planteadas para la estancia del Santo Padre en Cataluña. Hace unos días, se alcanzó la meta.
«Para nosotros, el Papa es de las personas más importantes, por eso queremos demostrarle que los catalanes lo sabemos cuidar bien», dice Pere Argemí, un voluntario del Colegio La Farga, de Sant Cugat. Como Pere, cientos de jóvenes se darán cita la noche del sábado 6 y durante el domingo 7 de noviembre para ayudar en las labores de logística del recorrido del Papa por la ciudad de Barcelona, así como en distintas faenas durante la homilía en la Sagrada Familia.
Para poder reducir el coste de la visita, el Arzobispado solicitó a jóvenes mayores de 18 años colaborar de forma desinteresada en la organización de la visita del Santo Padre. Algunas de las actividades a realizar pasan desde colaborar como acólitos en la celebración, participar en el coro que cantará durante la misa, atender puestos de información distribuidos a lo largo de la ciudad, hasta recibir las invitaciones a la entrada del templo. A raíz de la convocatoria, mucha gente se ofreció a brindar su tiempo y esfuerzo, no sólo mayores de 18 años, sino también algunos alumnos de bachillerato, como Pere, que necesitaron de un permiso de sus padres para inscribirse.
Pere Argemí, Luis Quintairos y Alejandro Sánchez son tres de los 100 voluntarios del Colegio La Farga de Sant Cugat del Vallès que asistirán a colaborar el domingo 7. Alejandro dice que aunque «el Papa tiene ayuda de Dios, a veces necesita de ayuda humana, aunque esta no sea perfecta». Es por eso que estos tres chicos, con sus compañeros, harán su mejor esfuerzo para ayudar a los sacerdotes que darán la comunión a los más de 7.000 asistentes a la misa.
Luis Quintairos se enteró que reclutaban voluntarios para la visita del Papa por un amigo y no dudó en inscribirse. «No había nacido cuando vino Juan Pablo II, así que me hizo mucha ilusión participar». Al final irá con nueve de sus amigos. Sus hermanos, Pablo y Álvaro, también asistirán como voluntarios. Por su parte, la familia de Pere Argemí, de una u otra forma, también lo acompañará, pues varios de sus nueve hermanos participarán en la celebración y sus padres recibieron una invitación.
Aunque no es seguro que puedan acercarse al Santo Padre, pues todavía no saben en qué lugar estarán situados, en caso de poder hablar con él, a Alejandro le gustaría felicitarlo. «Le diría que es un gran sacerdote y lo felicitaría porque hace una tarea complicada. Siempre es atacado por detractores y periodistas», expresa el joven de primero de bachillerato.
Casi 800 voces
Saura Vidal y Mabel Baratech son dos de los alrededor de 50 jóvenes que cantarán durante la misa. Estas chicas forman parte de un coro de 240 cantantes voluntarios, reclutados para la ocasión por la Federació Catalana d’Entitats Corals, y que se sumarán a las voces de otras 500 personas, integrantes de los otros grupos que también participarán: el Orfeó Català, la Coral Sant Jordi y la Escolania de Montserrat. Para estas dos jóvenes, la experiencia será inolvidable, pues no solamente podrán cantarle al Papa, sino que la misa será transmitida por televisión y se espera que sea vista en todo el mundo por más de 150 millones de espectadores.
Además, Pep Vilà, director del Orfeó, será quien lleve la batuta, lo cual, para Mabel, «es un gran honor y un gozo». Algunas de las canciones que cantarán son «El Mesías», de Hendel; el «Locus Iste», de Bruckner; así como el «Ave Verum» y el «Aleluya», de Mozart o el «Virolai». Mabel, de 14 años, es la más joven de la agrupación, aún así, cuenta con más de seis años de experiencia en grupos musicales. Su madre, cantante también, la acompaña en esta aventura que asegura «nunca olvidará».
Tres semanas de ensayos
El coro lleva tres semanas ensayando viernes, sábados y domingos. Para las chicas, este esfuerzo vale la pena porque podrán formar parte de un acontecimiento mundial. «Cuando me enteré de que venía el Papa decidí que tenía que participar en algo, y qué mejor que ofreciéndole lo que mejor puedo hacer, cantar», explica Rosaura, estudiante de Comunicación Audiovisual. Después de varias pruebas, hace un mes le dijeron que había sido seleccionada para formar parte de este selecto grupo. El jueves pasado ambas asistieron a un ensayo general en la Sagrada Familia. «Fue muy emocionante, no puedo imaginarme cómo será la misa», dice la también profesora de música.
Pero los jóvenes no son los únicos que se han acercado al Arzobispado para ofrecer su ayuda, también lo han hecho jubilados y matrimonios católicos que quieren participar de la celebración. En el coro, por ejemplo, el mayor de los voluntarios tiene 80 años. La visita del Papa, como dice el alumno de La Farga, Alejandro Sánchez, «es un día que se presenta muy pocas veces en la vida», por eso, católicos de todas las edades no se quieren quedar fuera de la ceremonia.

El Papa demana perdó… una altra vegada, com a juliol del 2008

El setmanari Time va publicar el 7 de juny de 2010 el reportatge Why being Pope Means Never Having to Say You’re Sorry, que qüestionava la capacitat de Benet XVI de demanar perdó pels casos d’abusos sexuals que han sortit a la llum pública els darrers mesos.

Divendres 11 de juny, en la clausura de l’Any Sacerdotal, en la clausura de l’Any Sacerdotal, Benet XVI ha dit: “Era d’esperar que a l’«enemic» no li agradés que el sacerdoci brillés novament; ell s’hauria estimat més veure’l desaparèixer, perquè per fi Déu hauria estat expulsat del món. I així ha passat que, precisament en aquest any d’alegria pel sagrament del sacerdoci, han sortit a la llum els pecats dels sacerdots, sobretot l’abús als infants, en el qual el sacerdoci, que du a terme la sol·licitud de Déu pel bé de l’home, es converteix en el contrari. També nosaltres demanem perdó insistentment a Déu i a les persones afectades, mentre prometem que volem fer tot el que sigui possible perquè un abús com aquest no torni a succeir mai; que en l’admissió al ministeri sacerdotal i en la formació que el prepara farem tot el que es pugui per a examinar l’autenticitat de la vocació; i que volem acompanyar encara més els sacerdots en el seu camí, perquè el Senyor els protegeixi i els custodiï en les situacions doloroses i en els perills de la vida”.

Alguns observadors han vist aquí la resposta a aquella exigència de penediment: Benedicto XVI pide ‘perdón’ por primera vez por el escándalo de abusos sexuales a menores (El Mundo). Público: “Benedicto XVI pide al fin perdón a las víctimas de abusos sexuales”.

¿És realment la primera vegada que Benet XVI demana perdó? El País, de fet, destacava como a novetat no el perdó, sinó l’èmfasi de la petició: El Papa pide “insistentemente perdón” a Dios y a las víctimas de los abusosNew York Times, capçalera que llançà les primeres informacions, posava per títol Pope Pleads for Forgiveness Over Abuse Scandal, afegint el matís que “It was the first time that Pope Benedict XVI had commented on the scandal from St. Peter’s Basilica”.

Aquesta matisació té la seva raó de ser. De fet, no tots els mitjans han considerat les paraules del Papa com la primera petició de perdó. Així, per exemple, La Vanguardia recollia en la seva web el text d’EFE, que valorava el caràcter públic d’aquesta declaració. L’ABC ni tan sols parlava de demanar perdó, i encapçalava la notícia explicant que “Benedicto XVI prometió hacer todo lo posible para que los abusos sexuales no vuelvan a suceder jamás” i que “lanzó también un serio aviso a los obispos encubridores o cobardes: No es amor tolerar comportamientos indignos de la vida sacerdotal”.

Com algun bloc periodístic ja ha assenyalat, el cert és que efectivament no és la primera vegada que el Papa demana perdó.

En la carta als catòlics d’Irlanda (19/3/10), afirmà estar “profundament consternat”, compartir amb les víctimes “el neguit i el sentiment de traïció” y sentir “obertament la vergonya i el remordiment”. Pope Benedict tells victims “I am truly sorry”, resumia un periodista de la BBC‘I am truly sorry’: Pope Benedict apologises for decades of child abuse in Irish Catholic Church, afirmava Daily Mail. Al-Jazeera: Pope ‘truly sorry’ over Irish abuse. En la mateixa línia Belfast Telegraph, entre d’altres. L’expressió anglesa I’m truly sorry, que també surt a la carta, fou traduïda al castellà como me apesadumbra en verdad (en català m’afligeix molt) que potser no recull amb la mateixa exactitud l’acte de demanar perdó. Malgrat tot, alguns mitjans en castellà interpretaren les paraules en sentit similar als anglesos. El Mundo referia al seu lloc web el dia 22, citant EFE, i el dia 24, citant Reuters, que a la carta el Papa “pidió perdón a las víctimas de los curas pederastas”. Igual d’altres com ABCTVELa Tercera de Xile.

Però la demostració més clara que Benet XVI demanava perdó a les víctimes ja es pogué comprovar un llunyà 12 de juliol de 2008, durant el trajecte en avió fins Austràlia. A la pregunta: “¿parlarà de la qüestió dels abusos sexuals i demanarà perdó?” respongué un “” rotund, per després afegir les raons, concloent amb el significat que per a ell té aquesta expressió ‘demanar perdó’: “farem tot el possible per deixar clar quin és l’ensenyament de l’Església i per ajudar en l’educació, en la preparació dels sacerdots, en la formació permanent, farem tot el possible per curar i reconciliar les víctimes. Crec que aquest és el contingut fonamental de l’expressió “demanar perdó”. Crec que és millor i més important donar el contingut de la fórmula i crec que el contingut ha d’explicar en què ha fallat el nostre comportament, què hem de fer en aquest moment, com podem prevenir i com poder tots curar i reconciliar”. ¿Què ha fet, si no, Benet XVI, des d’aleshores?

Era dissabte 12 de juliol de 2008. Per un mes i un dia, gairebé dos anys abans de la suposada primera petició de perdó del dia 11 de juny d’enguany.

Ja el 2006, referint-se a Irlanda havia insistit en la necessitat de “curar les víctimes i tots els afectats per aquest crims enormes”. A Austràlia, durant l’esmentat viatge de 2008, digué: “Estic molt dolgut pel dolor i el sofriment que han patit les víctimes, i les hi asseguro que, com a pastor seu, també comparteixo el seu patiment. Aquests delicte, que constitueixen una traïció greu a la confiança, han de ser condemnats de forma inequívoca. Han provocat un gran dolor i han fet mal al testimoni de l’Església. Us demano a tots que recolzeu i ajudeu els vostres bisbes, i que col·laboreu amb ells a combatre aquest mal. Les víctimes han de rebre compassió i assistència, i els responsables d’aquest mals han de ser duts a la justícia”. Com ja havia fet abans a Estats Units i faria després a Malta, Benet XVI compartí les penes d’un grup de víctimes.

Marc Argemí

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El Papa pide perdón… otra vez, como en julio de 2008 (en 1.001 palabras)

El semanario Time publicó el 7 de junio de 2010 el reportaje Why being Pope Means Never Having to Say You’re Sorry, que ponía en cuestión la capacidad de Benedicto XVI de pedir perdón por los casos de abusos sexuales que han aparecido a la luz pública en los últimos meses.

El viernes 11 de junio, en la clausura del Año Sacerdotal, Benedicto XVI ha afirmado: “Era de esperar que al «enemigo» no le gustara que el sacerdocio brillara de nuevo; él hubiera preferido verlo desaparecer, para que al fin Dios fuera arrojado del mundo. Y así ha ocurrido que, precisamente en este año de alegría por el sacramento del sacerdocio, han salido a la luz los pecados de los sacerdotes, sobre todo el abuso a los pequeños, en el cual el sacerdocio, que lleva a cabo la solicitud de Dios por el bien del hombre, se convierte en lo contrario. También nosotros pedimos perdón insistentemente a Dios y a las personas afectadas, mientras prometemos que queremos hacer todo lo posible para que semejante abuso no vuelva a suceder jamás; que en la admisión al ministerio sacerdotal y en la formación que prepara al mismo haremos todo lo posible para examinar la autenticidad de la vocación; y que queremos acompañar aún más a los sacerdotes en su camino, para que el Señor los proteja y los custodie en las situaciones dolorosas y en los peligros de la vida”.

Algunos observadores han visto aquí la respuesta a esta exigencia de arrepentimiento: Benedicto XVI pide ‘perdón’ por primera vez por el escándalo de abusos sexuales a menores (El Mundo). Público: “Benedicto XVI pide al fin perdón a las víctimas de abusos sexuales”.

¿Es realmente la primera vez que Benedicto XVI pide perdón? El País, de hecho, destacaba como novedoso el énfasis de la petición: El Papa pide “insistentemente perdón” a Dios y a las víctimas de los abusos. New York Times, periódico que lanzó las primeras informaciones, titulaba Pope Pleads for Forgiveness Over Abuse Scandal, añadiendo el matiz de que “It was the first time that Pope Benedict XVI had commented on the scandal from St. Peter’s Basilica”.

Tal matiz tiene su razón de ser. De hecho, no todos los medios han considerado las palabras del Papa como la primera petición de perdón. Así, por ejemplo, La Vanguardia recogía en su web el texto de EFE, que valoraba el carácter público de esta petición. El ABC ni siquiera hablaba de pedir perdón, y encabezaba la noticia explicando que “Benedicto XVI prometió hacer todo lo posible para que los abusos sexuales no vuelvan a suceder jamás” y que “lanzó también un serio aviso a los obispos encubridores o cobardes: No es amor tolerar comportamientos indignos de la vida sacerdotal”.

Como algún blog periodístico ya ha señalado, lo cierto es efectivamente no es la primera vez que el Papa pide perdón y expresa su cercanía a las víctimas.

En la carta a los católicos de Irlanda (19/3/10), afirmó estar “profundamente consternado”, compartir con las víctimas “la desazón y el sentimiento de traición” y sentir “abiertamente la vergüenza y el remordimiento”. Pope Benedict tells victims “I am truly sorry”, resumía un periodista de la BBC. ‘I am truly sorry’: Pope Benedict apologises for decades of child abuse in Irish Catholic Church, afirmaba Daily Mail. Al-Jazeera: Pope ‘truly sorry’ over Irish abuse. En la misma línea Belfast Telegraph, entre otros. La expresión inglesa I’m truly sorry fue traducida al castellano como me apesadumbra en verdad, que no recoge con la misma exactitud el acto de pedir perdón. Aún así, algunos medios en español interpretaron las palabras en el mismo sentido que los ingleses. El Mundo refería en su web el día 22, citando a EFE, y el día 24, citando a Reuters, que en la carta el Papa “pidió perdón a las víctimas de los curas pederastas”. Igual otros como ABC, TVE o La Tercera de Chile.

Pero la demostración más clara de que Benedicto XVI pedía perdón a las víctimas ya pudo comprobarse un lejano 12 de julio de 2008, durante el trayecto en avión hacia Australia. A la pregunta: “¿hablará de la cuestión de los abusos sexuales y pedirá perdón?respondió un rotundo “”, y luego el Papa explicó sus razones concluyendo con el significado que, a su entender, tiene la expresión pedir perdón: “haremos todo lo posible para dejar claro cuál es la enseñanza de la Iglesia y para ayudar en la educación, en la preparación de los sacerdotes, en la formación permanente; haremos todo lo posible para curar y reconciliar a las víctimas. Creo que este es el contenido fundamental de la expresión “pedir perdón”. Creo que es mejor y más importante dar el contenido de la fórmula y creo que el contenido debe explicar en qué ha fallado nuestro comportamiento, qué debemos hacer en este momento, cómo podemos prevenir y cómo podemos todos sanar y reconciliar”. ¿Qué ha hecho sino, Benedicto XVI, desde entonces?

Era el sábado 12 de julio de 2008. Por un mes y un día, casi dos años antes de la supuesta primera petición de perdón del día 11 de junio de 2010.

Ya en 2006, refiriéndose a Irlanda había insistido en la necesidad de “sanar a las víctimas y a todos los afectados por esos crímenes enormes”. En Australia, durante el mencionado viaje de 2008, dijo: “Estoy muy apenado por el dolor y el sufrimiento que han padecido las víctimas, y les aseguro que, como su pastor, también comparto su sufrimiento. Estos delitos, que constituyen una grave traición a la confianza, deben ser condenados de modo inequívoco. Han provocado gran dolor y han dañado el testimonio de la Iglesia. Os pido a todos que apoyéis y ayudéis a vuestros obispos, y que colaboréis con ellos en combatir este mal. Las víctimas deben recibir compasión y asistencia, y los responsables de estos males deben ser llevados ante la justicia”. Como había hecho ya poco tiempo antes en Estados Unidos, Benedicto XVI compartió las penas de un grupo de víctimas.

Marc Argemí

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Poner a Dios cercano

Mons. Javier Echevarría // ABC

http://www.abc.es/20100420/opinion-tercera/poner-dios-cercano-20100420.html

Se cumplen ahora cinco años de la elección del Cardenal Joseph Ratzinger como sucesor de San Pedro al frente de la Iglesia Católica. El 2 de abril de 2005 había fallecido Juan Pablo II. Las televisiones efectuaron un despliegue informativo sin precedentes. Y en medio de aquel clima de conmoción y de cariño hacia el Pontífice difunto, que aleteaba todavía por las calles de Roma, el 19 de abril de 2005 vimos por vez primera la figura amable del nuevo Papa en el balcón central de la Basílica de San Pedro.

Entre los motivos de reconocimiento a Benedicto XVI, quisiera resaltar su acción constante por dar a conocer al Dios cercano. Esta expresión -tomada del título de un libro del Cardenal Ratzinger sobre la Eucaristía- es también un modo afectuoso de hablar del Creador, que la fe nos muestra amoroso y próximo, interesado por la suerte de sus criaturas, como afirmaba un santo de nuestros días. En efecto, San Josemaría recordaba con frecuencia que, en medio del ajetreo cotidiano, a veces «vivimos como si el Señor estuviera allá lejos, donde brillan las estrellas, y no consideramos que también está siempre a nuestro lado. Y está como un Padre amoroso -a cada uno de nosotros nos quiere más que todas las madres del mundo pueden querer a sus hijos-, ayudándonos, inspirándonos, bendiciendo… y perdonando» (Camino, 267).

Dios, que no se halla sujeto al tiempo, asume el tiempo en Jesucristo y se entrega a la humanidad. Como recuerda a menudo el Papa, Dios se ha hecho hombre para que nosotros pudiéramos más fácilmente acogerlo y amarlo. Y, a lo largo de estos años, ha mostrado de modo incisivo, incansablemente, que Dios es Amor y que no se comienza a ser cristiano como fruto de una decisión ética o de una gran idea, sino por el encuentro con una Persona -Jesús de Nazaret- que abre un nuevo horizonte a la vida (Deus Caritas est, 1). En un mundo en el que Dios podría aparecer ausente o alejado, desentendido de los hombres, la catequesis del Papa lo acerca a la vida cotidiana, al caminar del hombre y la mujer del siglo XXI.

La tarea apostólica del cristiano consiste precisamente en ayudar a los demás a conocer a Jesús en medio de su existencia ordinaria, para que encuentren a Dios y hablen con Él en todo momento -no sólo en las circunstancias dolorosas-, conjugando un «Tú» y un «yo» llenos de sentido. Un «Tú» que, para los católicos, adquiere su máximo trato en el sacramento de la Eucaristía, fuente de la vida de la Iglesia.

Para quien se esfuerza en «vivir» la Santa Misa, cualquier actividad humana noble puede adquirir -por decirlo así- una dimensión litúrgica, precisamente por esa unión al Sacrificio de Cristo. Con este horizonte, las tareas familiares, profesionales y sociales que ocupan la mayor parte de la jornada de un ciudadano no le apartan del Señor; al contrario, las incidencias, las relaciones y los problemas que esas actividades llevan consigo pueden alimentar su oración. Apoyados en la gracia, hasta la experiencia de la debilidad, los contratiempos, el cansancio que conlleva todo esfuerzo humano, nos hacen más realistas, más humildes, más comprensivos, más hermanos de los demás. Y cualquier posible éxito y alegría, para quien camina al paso de Dios, es ocasión para dar gracias y recordar que hemos de estar siempre a su servicio y al de nuestros hermanos. Vivir en esa amistad con Dios -recuerda Benedicto XVI en su última encíclica- es el modo de transformar los «corazones de piedra» en «corazones de carne» (cfr. Ez 36, 26), haciendo la vida terrena más «divina» y, por tanto, más digna del hombre (Caritas in veritate, 79).

Jesús recorre los caminos de Palestina y advierte enseguida el dolor de sus contemporáneos. Por eso, cuando se conoce y ama al «Dios cercano», el cristiano no permanece indiferente ante la suerte de los demás. Es el «círculo virtuoso» de la caridad: la cercanía de Dios alimenta la cercanía con los hombres, provoca «la disponibilidad con los hermanos y una vida entendida como una tarea solidaria y gozosa» (Caritas in veritate, 78).

Al contrario, la lejanía de Dios, la indiferencia hacia el Creador, conduce antes o después a desconocer los valores humanos, que pierden entonces su fundamento. «La conciencia del amor indestructible de Dios es la que nos sostiene en el duro y apasionante compromiso por la justicia, por el desarrollo de los pueblos, y en la tarea constante de dar un recto ordenamiento a las realidades humanas. El amor de Dios nos invita a salir de lo que es limitado y no definitivo, nos da valor para trabajar y seguir en busca del bien de todos» (Ibidem).

¿Cómo concibe Benedicto XVI su misión de cabeza de la Iglesia universal? En la Misa de comienzo del Pontificado, explicaba que la tarea del Pastor podría parecer gravosa, pero en realidad se alza como una tarea «gozosa y grande, porque es un servicio a la alegría de Dios, que quiere hacer su entrada en el mundo». En aquella misma ocasión afirmaba que «nada hay más hermoso que haber sido alcanzados, sorprendidos, por el Evangelio, por Cristo», y «nada más bello que conocerle y comunicar a los otros la amistad con Él» (Homilía, 24-IV-2005). Así entiende su misión el Papa: comunicar a los demás la alegría que procede de Dios. Suscitar en el mundo un nuevo dinamismo de compromiso en la respuesta humana al amor de Dios.

En estos cinco años de pontificado, no le han faltado al Papa ataques provocados por quienes están empeñados en arrojar al Creador del horizonte de la sociedad de los hombres; tampoco han estado ausentes los sufrimientos ante la incoherencia y los pecados de algunas personas llamadas a ser «sal de la tierra» y «luz del mundo» (Mt 5, 14-16). Nada de eso ha de extrañarnos, pues las dificultades forman parte del itinerario normal del cristiano, ya que no es el discípulo más que su maestro, como anunció Jesucristo: «Si me han perseguido a mí, también a vosotros os perseguirán» (Jn 15, 20). Al mismo tiempo, no olvidemos lo que añadió el Señor: «Si han guardado mi doctrina, también guardarán la vuestra» (Ibidem).

Aquí reside el optimismo indestructible del cristiano, alentado por el Espíritu Santo, que no desampara nunca a la Iglesia. Historia docet: ¡cuántas veces, en el curso de veinte siglos, se han alzado voces agoreras, anunciando el fin de la Iglesia de Cristo! Sin embargo, a impulsos del Paráclito, superadas las pruebas, se ha mostrado luego más joven y más bella, más llena de energías para conducir a los hombres por las sendas de la salvación. Lo hemos visto en estos años: la autoridad moral e intelectual del Papa, su proximidad e interés por los que sufren, su firmeza en la defensa de la Verdad y del Bien, siempre con caridad, ha fortalecido a hombres y mujeres de todas las creencias. El Romano Pontífice sigue siendo un foco que ilumina las intrincadas vicisitudes terrenas.

En el cumplimiento de mi tarea episcopal, millares de personas de buena voluntad -católicos y no católicos, también numerosos no cristianos- me han confiado que las respuestas sólidas y esperanzadoras de Benedicto XVI ante los diversos dramas de la Humanidad han supuesto para ellos una confirmación en el Evangelio, o un motivo de acercamiento a la Iglesia y, sobre todo, un renovado interés por aproximarse al «Dios cercano» que el Papa proclama. Somos muchos los que nos sentimos diariamente enriquecidos por este anuncio alegre de Benedicto XVI, sazonado por la luz de la fe, expuesto con todos los recursos de la inteligencia, con un lenguaje cristalino y con el testimonio de su relación personal con Jesucristo. Que el Señor nos los conserve por muchos años como guía de la Iglesia, para bien de la Humanidad entera.