El periodismo religioso y la religión del periodismo

Cuando Dios se asoma por los medios, muchos periodistas no saben si incensarlo, ignorar su presencia o hacerle la enésima necrológica. Pero ¿por qué no hacer, simplemente, periodismo? 

Marc Argemí 

Corría el año 2009 cuando dos editores de  The Economist, la gran biblia de la élite liberal anglosajona, publicaban un ensayo documentadísimo, God is Back. La tesis central afirmaba que “las cosas que se suponía que destruirían la religión -democracia y mercados, tecnología y razón- se están combinando para hacerla más fuerte”. John Micklethwait y Adrian Wooldridge, un católico y un ateo, concluyeron que progreso y religión no sólo no eran enemigas, sino que iban de la mano en la mayoría de lugares del mundo. Europa y ciertos círculos intelectuales de la costa Este serían, en este sentido, una rareza.

Incomprensiblemente, el hecho de que dos influyentes periodistas se atrevieran a cuestionar uno de los pilares de la corrección política no atrajo la atención de los medios aquí. ¿Por qué? ¿por desidia? ¿por el anticlericalismo multisecular? ¿por una espiral del silencio promovida desde ciertas conspiraciones? La respuesta, cualquiera que sea, puede encontrarse en motivos mucho menos ideológicos. Si ningún medio de comunicación de España habló del ensayo exhaustivo de dos editores de la principal revista liberal del mundo tal vez no fue porque consideraran ofensiva la tesis de que promovían. Me atrevo a aventurar que, más bien, les resultaba incomprensible.

De un tiempo a esta parte, cierta religión del periodismo -ese conjunto de creencias apriorísticas que el gremio asume como carta de navegación imprescindible para el buen profesional- ha tendido a menudo a considerar el hecho religioso como algo de ratas de sacristía, si no -peor- como algo con reminiscencias franquistas que sólo gusta a cuatro viejas de derechas. En el mejor de los casos, un hecho digno de ser contemplado como una parte entrañable, aburrida y en el fondo irrelevante de la cotidianidad. Y, claro, cuando la situación ha llegado a este punto es fácil poner la excusa de que no se da información religiosa porque no hay gente que la pida.

Es caricatura, obviamente. Hay varias, y honrosas excepciones. Pero incluso estas excepcionales excepciones -unos pocos periodistas de prestigio- compartirán la apreciación de que hoy el periodismo en nuestros lares es predominantemente analfabeto en lo que respecta a cuestiones espirituales y religiosas. Una membrana de indiferencia parece haber envuelto con eficacia todo lo que huela a religioso, que permanece recluido, desprende olor a despensa mal ventilada y parece que sólo pueda lucir en museos o sacristías.

Esta situación perjudica al hecho religioso, pero también al periodismo. Un periodismo incapaz de descodificar un hecho social o personal como éste, de dar al menos pistas válidas para que la audiencia pueda hacerse un mapa comprensible de la situación, es un periodismo incompleto. Lo saben en el New York Times, que da una amplia cobertura en Religion and Belief,  o al Frankfurter Allgemeine, del que me contaban hace un tiempo que tenía dos redactores seniors especializados en religión.

Pero, ¿cómo informar de creencias, en un país como el nuestro, donde nuestros abuelos guardan en la memoria el recuerdo de los muertos por causa de la fe, y nuestros padres crecieron bajo un poder que tenía por oficial un credo determinado? Si para los primeros la religión tendría tonos épicos, para los segundos podría despertar ciertos resentimientos. Y entre los que hemos llegado después, la actitud más sugerente es la indiferencia.

Sin embargo, siempre he pensado que el hecho religioso y el periodismo se beneficiarán mucho mutuamente el día que descubran que tienen en común objetivos y enemigos. Ambos afirman buscar la verdad, y ambos combaten la ignorancia. La crisis de los medios tiene más en común con la crisis de la práctica religiosa de lo que pueda parecer en un principio: el relativismo ha disuelto en muchas personas las inquietudes para saber más sobre la verdad, el bien, el mal y la belleza. Si cada uno tiene su verdad particular, ¿qué necesidad hay de conocer los universales?

Bien, de acuerdo, pero ¿Es posible un periodismo religioso que recoja la dimensión trascendente de las personas, sea comprensible para el gran público y al mismo tiempo no sea aburrido? Parece la cuadratura del círculo y más cuando, como dice un amigo mío, a menudo se confunde la trascendencia con el aburrimiento, y si algo no quiere el periodismo es resultar aburrido.

Hay muchas formas de encuadrar el hecho religioso de forma que sea atractivo. Cada una tiene sus ventajas y sus carencias. La más frecuente es el enfoque deportivo. A imagen y semejanza de la prensa deportiva, se presentan los hechos siempre desde el prisma favorable al equipo de los lectores, sea éste el religioso o el antirreligioso. Más que describir la realidad, la vive y toma abiertamente partido: que ganen los míos. Las audiencias de este tipo de periodismo suelen ser las convencidas, de un lado y del otro.

Una segunda forma es la aproximación política: aplicar, por ejemplo, en la Iglesia, un esquema de derechas contra izquierdas, progresistas contra conservadores. Son simplificaciones que proporcionan un relato de la realidad, pero demasiado a menudo esa realidad que reflejan está sólo en la imaginación de quien escribe.

A veces resulta efectivo el esquema sensacionalista: una víctima, un agresor, unos hechos luctuosos y el medio de comunicación como garante de la justicia. Este es el esquema más repetido en la sección de sociedad, donde se han encajado tradicionalmente las informaciones sobre religión. Pero tal enfoque, en religión como en todos los otros campos, tiene el inconveniente de que es incapaz de hacer interesante el aspecto más trascendente, y puede caer en cambio en una espiral de sensacionalismo barroco, cada vez más rebuscado o escabroso.

Hay, todavía, una aproximación que mira exclusivamente la dimensión espiritual de la cosa, como algo desconectado de la actualidad más inmediata. Un personaje exótico, las nuevas terapias venidas de tierras lejanas, o incluso las novedades en la autoayuda, son algunos de los reclamos.

Algunos periodistas están intentando algo relativamente nuevo, y muy sencillo: hacer periodismo. Es decir, aplicar al hecho religioso el mismo rigor y la misma seriedad profesional que se pone para informar, por ejemplo, de la Fórmula 1. A ninguno de los periodistas que siguen la caravana de pilotos y escuderías de circuito en circuito se le pide que sepa conducir uno de esos coches de carreras. Pero a todos se les exige, en cambio, que expliquen bien qué es un pit-stop, como se obtiene una pole o qué reglamentación afecta al carburante. Mientras esta exigencia de profesionalidad esté presente, incluso los que somos aficionados de Ferrari toleraremos que al periodista se le note que apuesta por Red Bull.

El día que la religión del periodismo deje de ver el periodismo religioso como el patito feo, la opinión publicada será más completa y la religión saldrá de las trincheras defensivas que, por instinto de supervivencia, tantas veces ha tenido que refugiarse.

El periodisme religiós i la religió del periodisme

Quan Déu treu el nas pels mitjans, molts periodistes no saben si encensar-lo, ignorar la seva presència o fer-li l’enèsima necrològica. Però ¿per què no fer, simplement, periodisme?

Marc Argemí

Corria l’any 2009 quan dos editors del The Economist, la gran bíblia de l’elit liberal anglosaxona, publicaven un assaig documentadíssim, God is Back. La tesi central afirmava que “les coses que se suposava que destruirien la religió –democràcia i mercats, tecnologia i raó‑ s’estan combinant per fer-la més forta”. John Micklethwait i Adrian Wooldridge, un catòlic i un ateu, van concloure que progrés i religió no només no eren enemigues, sinó que anaven de la mà en la majoria d’indrets del món. Europa i certs cercles intel·lectuals de la costa Est serien, en aquest sentit, una raresa.

Incomprensiblement, el fet que dos influents periodistes s’atrevissin a qüestionar un dels pilars de la correcció política no va atraure l’atenció dels mitjans catalans. Per què? per desídia? per l’anticlericalisme multisecular? per una espiral del silenci promoguda per certes conspiracions? La resposta, sigui quina sigui, pot trobar-se en motius molt menys ideològics. Si cap mitjà de comunicació català va parlar de l’assaig exhaustiu de dos editors de la principal revista liberal del món potser no fou perquè consideressin ofensiva la tesi que promovien. M’atreveixo a aventurar que, més aviat, els resultava incomprensible.

D’un temps ençà, certa religió del periodisme –aquell conjunt de creences apriorístiques que el gremi assumeix com a carta de navegació imprescindible per al bon professional- ha tendit sovint a considerar el fet religiós com a cosa de rosegaaltars, si no –pitjor- com quelcom de reminiscències franquistes que només agrada a quatre iaies de dretes. En el millor dels casos, un fet digne de ser contemplat com una part entranyable, avorrida i en el fons irrellevant de la quotidianitat. I, és clar, quan la situació ha arribat en aquest punt és fàcil posar l’excusa de què no es dóna informació religiosa perquè no hi haurà gent que la demani.

És caricatura, òbviament. Hi ha diverses, i honroses excepcions. Però fins i tot aquestes excepcionals excepcions –uns pocs periodistes de prestigi- compartiran l’apreciació de que avui el periodisme català és predominantment analfabet pel que respecta a qüestions espirituals i religioses. Un tel d’indiferència sembla haver embolcallat amb eficàcia tot allò que faci tuf a religiós, que roman reclòs, desprèn olor a rebost mal ventilat i sembla que només pugui fer goig a museus o a sagristies.

Aquesta situació perjudica al fet religiós, però també al periodisme. Un periodisme incapaç de descodificar un fet social o personal com aquest, de donar almenys pistes vàlides perquè l’audiència es faci un mapa comprensible de la situació, és un periodisme incomplet. Ho saben al New York Times, que dóna una àmplia cobertura a Religion and Belief,  o al Frankfurter Allgemeine, del qual m’explicaven fa un temps que tenia dos redactors sèniors especialitzats en religió.

Però, com informar de creences, en un país com el nostre, on els nostres avis guarden en la memòria el record dels morts per causa de la fe, i els nostres pares cresqueren sota un poder que tenia com a oficial un sol credo determinat? Si per als primers la religió tindria tons èpics, per als segons podria evocar certs ressentiments. I entre els que hem arribat després, l’actitud més suggerent és la indiferència.

Malgrat això, sempre he pensat que el fet religiós i el periodisme es beneficiaran molt mútuament el dia que descobreixin que tenen en comú objectius i enemics. Ambdós afirmen cercar la veritat, i ambdós combaten la ignorància. La crisi dels mitjans té més en comú amb la crisi de la pràctica religiosa del que pugui semblar en un principi: el relativisme ha dissolt en moltes persones les inquietuds per a saber més sobre la veritat, el bé, el mal i la bellesa. Si cadascú té la seva veritat particular, quina necessitat hi ha de conèixer els universals?

Bé, d’acord, però ¿És possible un periodisme religiós que reculli la dimensió transcendent de les persones, sigui comprensible per al gran públic i al mateix temps no sigui avorrit? Sembla la quadratura del cercle i més quan, com diu un amic meu, sovint es confon la transcendència amb l’avorriment, i si una cosa no vol el periodisme és resultar avorrit.

Hi ha moltes formes d’enquadrar el fet religiós de forma que sigui atractiu. Cadascuna té els seus avantatges i les seves mancances. La més freqüent és l’enfocament esportiu. A imatge i semblança de la premsa esportiva, es presenten els fets sempre des del prisma favorable a l’equip dels lectors, sigui aquest el religiós o l’antireligiós. Més que descriure la realitat, la viu i pren obertament partit: que guanyin els meus. Les audiències d’aquest tipus de periodisme solen ser les convençudes, d’un costat i de l’altre.

Una segona forma és l’aproximació política: aplicar, posem per cas, a l’Església, un esquema de dretes contra esquerres, progressistes contra conservadors. Són simplificacions que donen un relat de la realitat, però massa sovint aquella realitat que reflecteixen està només en la imaginació d’aquell qui escriu.

De vegades resulta efectiu l’esquema sensacionalista: una víctima, un agressor, uns fets luctuosos i el mitjà de comunicació com a garant de la justícia. Aquest és l’esquema més repetit en la secció de societat, on s’han encabit tradicionalment les informacions sobre religió. Però tal enfocament, en religió com en tots els altres camps, té l’inconvenient que és incapaç de fer interessant l’aspecte més transcendent, i pot caure en canvi en una espiral de sensacionalisme barroc, cada cop més rebuscat o escabrós.

Hi ha, encara, una aproximació que mira exclusivament la dimensió espiritual de la cosa, com quelcom desconnectat de l’actualitat més immediata. Un personatge exòtic, les noves teràpies vingudes de terres llunyanes, o fins les novetats en l’autoajuda, en són alguns dels reclams.

Alguns periodistes estan intentant una cosa relativament nova, i molt senzilla: fer periodisme. És a dir, aplicar al fet religiós el mateix rigor i la mateixa serietat professional que es posa per informar, posem per cas, de la Fòrmula 1. A cap dels periodistes que segueixen la caravana de pilots i escuderies de circuit a circuit se li demana que sàpiga conduir un d’aquells cotxes de carreres. Però a tots se’ls exigeix, en canvi, que expliquin bé què és un pit-stop, com s’obté una pole o quina reglamentació afecta al carburant. Mentre aquesta exigència de professionalitat estigui present, fins i tot els que som aficionats de Ferrari tolerem que se’ls noti que aposten per Red Bull.

El dia que la religió del periodisme deixi de veure el periodisme religiós com l’aneguet lleig, la opinió publicada serà més completa i la religió sortirà de les trinxeres defensives on, per instint de supervivència, tantes vegades s’ha hagut de refugiar.

B16: Best images 2011

3 deseos de Benedicto XVI para la Navidad de 2011

Fuente: Vatican Information Service

CIUDAD DEL VATICANO, 9 DIC 2011 (VIS).-Benedicto XVI encendió en la tarde del miércoles, 7 de diciembre -desde su apartamento pontificio y gracias a un “tablet” conectado con el cuadro eléctrico-, el árbol de Navidad más grande del mundo, que se encuentra en la ciudad italiana de Gubbio. Previamente, dirigió unas palabras -transmitidas por televisión- a cuantos asistían a la ceremonia.

 

“Antes de encender el árbol -dijo- quisiera expresar tres deseos. Este árbol de Navidad tan grande está en las laderas del monte Ingino, en cuya cima se encuentra la basílica del patrón de Gubbio, San Ubaldo. Cuando lo miramos, nuestros ojos se dirigen hacia arriba, hacia el cielo, hacia el mundo de Dios”.

 

“Mi primer deseo es, por lo tanto, que nuestra mirada, la de la mente y la del corazón, no se detenga solamente en el horizonte de este mundo, en las cosas materiales, sino que sea de alguna forma como este árbol, que tienda hacia arriba, que se dirija a Dios. Dios nunca nos olvida, pero también nos pide que no nos olvidemos de Él”.

“El Evangelio narra que en la noche santa de Navidad una luz envolvió a los pastores, anunciándoles una gran alegría: el nacimiento de Jesús, de Aquel que nos trajo la luz, más aún, de Aquel que es la luz verdadera que ilumina a todos. El gran árbol que encenderé dentro de poco domina la ciudad de Gubbio e iluminará con su luz la oscuridad de la noche”.

 

“El segundo deseo es que nos recuerde que también nosotros necesitamos una luz que ilumine el camino de nuestra vida y nos de esperanza, especialmente en esta época en que sentimos tanto el peso de las dificultades, de los problemas, de los sufrimientos, y parece que nos envuelve un velo de tinieblas. Pero ¿qué luz puede iluminar verdaderamente nuestro corazón y darnos una esperanza firme y segura? Es el Niño que contemplamos en la Navidad santa, en un pobre y humilde pesebre, porque es el Señor que se acerca a cada uno de nosotros y pide que lo acojamos nuevamente en nuestra vida, nos pide que lo queramos, que tengamos confianza en Él, que sintamos su presencia que nos acompaña, nos sostiene y nos ayuda”.

 

“Pero este árbol tan grande lo forman muchas luces. El último deseo es que cada uno de nosotros aporte algo de luz en los ambientes en que vive: en la familia, en el trabajo, en el barrio, en los pueblos, en las ciudades. Que cada uno sea una luz para quien tiene al lado; que deje de lado el egoísmo que, tan a menudo, cierra el corazón y lleva a pensar sólo en uno mismo; que preste más atención a los demás, que los ame más. Cualquier pequeño gesto de bondad es como una luz de este gran árbol: junto con las otras luces ilumina la oscuridad de la noche, incluso de la noche más oscura”.

BXVI/        VIS 20111209 (490)

B16 in Benin

Apostolic Journey to Benin
(November 18-20, 2011)

on the occasion of the signing and publication
of the Post-Synodal Apostolic Exhortation
of the Second Special Assembly for Africa of the Synod of Bishops

Benin

The roots and wings we receive from the Church

Benedict 16, 19.10.2011

“According to a saying attributed to a great poet from my own country, Johann Wolfgang von Goethe, there are two things that children should receive from their parents: roots and wings. From our holy Mother, the Church, we too receive both roots and wings: the faith of the Apostles, handed down from generation to generation, and the grace of the Holy Spirit, conveyed above all through the sacraments of the Church”

Los sabores del mensaje cristiano en la opinión pública

Según el lenguaje de la comunicación pública, el Evangelio -buena noticia en griego- es el mensaje que difunden los cristianos. En el contexto comunicativo actual, este mensaje cristiano afronta un gran reto, similar al de muchas otras propuestas: conseguir tener el turno de la palabra y ser escuchado en esta gran conversación global, que se ha venido a llamar opinión pública.

¿Qué es la opinión pública? Podría representarse con la metáfora de la tertulia de café: un lugar donde se pasa de un tema a otro y cada una de las personas expresa su opinión. Se da una concurrencia más o menos libre de mensajes: unos son del Barça y otros del Madrid, los de más allá están a favor de los toros mientras que los de más acá en contra, y así en todo. La opinión pública, sabemos, no es uniforme, como no son uniformes las conversaciones que se mantienen en las diferentes mesas de un mismo bar. Pero sí podemos asumir que haya bares en los que predominen un tipo concreto de mensajes y opiniones. Esto a veces se nota incluso en la decoración, en el aspecto y la indumentaria de los clientes habituales, el mobiliario o la programación televisiva.

Sea como fuere, hasta los bares más dispares entre ellos suelen compartir un denominador común, conformado por unas pautas de conducta: por ejemplo, los clientes pagan y los camareros sirven, hay lavabos, una tabla de precios, un horario de cierre, etc.

Pensemos ahora en la opinión publicada y expresada en prensa, radio, televisión y foros de Internet. En su conjunto, y con todos sus matices, forman lo que normalmente se llama opinión pública: lo que se comenta por la calle, que está a la orden del día. Hay una cierta pluralidad, como en los bares. Y puede identificarse, también, un cierto denominador compartido por los medios mayoritarios. En estos entornos, ¿cómo sienta el mensaje del cristianismo? ¿Es aceptado en el denominador común de todos los medios? retomando el símil de los bares ¿puede entrar y salir de bar en bar, o bien malvive en una vieja taberna de barrio viejo?

Por un lado, se puede constatar que algunas partes del mensaje son bien aceptadas, si no alabadas, por el ánimo general: por ejemplo, las acciones de beneficencia. Como mucho, los más gruñones dirán que son cosas muy extrañas, pero no se les ocurrirá calificarlas de nocivas y peligrosas.

Por otro lado, no obstante, dado que el Evangelio tiene la peculiaridad de ser una propuesta global de vida, desde muchos otros ángulos provoca, con frecuencia, conflicto. El mensaje cristiano choca con corrientes de pensamiento muy establecidas, con comportamientos prácticos extendidos y con intereses económicos muy definidos. Está a la vista de cualquier observador: hay confrontaciones fuertes en ámbitos como el concepto de familia, la educación, el papel de la religión en la sociedad y el respeto a la vida.

Pero sería injusto constatar esto y no reconocer que los conflictos no sólo son culpa del carácter global del mensaje cristiano: en sentido opuesto, también hay mensajes o pautas de conducta que se presentan a sí mismas como incompatibles con el cristianismo. Y no sólo eso: algunos incluso se reivindican como posiciones la aceptación de las cuales sería imprescindible si se quiere ejercer ciudadanía de pleno derecho en la sociedad. Por ejemplo, algunas concepciones de la unidad familiar que atacan de homofóbicas y discriminatorias -y por tanto, susceptibles de prohibición- propuestas que, como la cristiana, arrastran milenios de bagaje cultural.

Por un lado o por otro, se produce una colisión de valores: colisión entre lo que el Evangelio dice y lo que dicen otros.

La colisión de mensajes empuja a los cristianos a tomar partido. El término empujar expresa con precisión lo que sucede: el cristiano se ve arrastrado, tanto si quiere como si no, a definirse. Por más que quiera evitar la toma de decisiones, la misma indefinición ya es, de cierta manera, un tomar partido. No se puede nadar y guardar la ropa.

¿Qué salidas pueden darse al conflicto, desde el punto de vista cristiano? Simplificando mucho, podemos identificar seis posibilidades.

1) El silencio

La primera es el silencio: el silencio de quien ve que sus convicciones chocan con lo que parece ser la postura más aceptada y opta por callar, es decir, por no manifestar su desacuerdo. Cuanta más gente tome esta salida, la que parece ser la postura más aceptada será cada vez más y más dominante. Esto conllevará que la presión contra los discrepantes crezca proporcionalmente, por la tendencia de los grupos humanos a buscar una conformidad. A esta postura más aceptada se le llama con frecuencia lo políticamente correcto. Y a este fenómeno de la ocultación del pensamiento discrepante, la espiral del silencio. Pero si un cristiano opta por el silencio ¿Qué mensaje puede llegar a comunicar? Un mensaje cristiano insípido, que no sabe a nada.

2) La parálisis

La segunda salida al conflicto es optar por la parálisis: la parálisis de quien no está dispuesto a ceder en los propios valores ni tiene miedo a manifestarlos, pero tira la toalla a la hora de promocionarlos. Se refugia en una actitud de lamento constante por la situación: se piensa que ya no hay nada que hacer y se cede la iniciativa a otras propuestas. En la práctica, la parálisis supone un reconocimiento implícito de que hay mensajes más adecuados para el público actual, que el Evangelio está pasado de moda. Además, el lamento deja pocas fuerzas libres que se podrían invertir en mejorar el mensaje propio y hacerlo más atractivo.

Así, poco a poco, el mensaje cristiano va adquiriendo cierto olor de algo encerrado, a moho: adquiere un sabor amargo, el de la amargura de la tristeza y del derrotismo.

3) La reacción

La tercera opción es la reacción de quien opta por mantener las convicciones contra viento y marea pero reacciona ante las demás propuestas con agresividad. Se siente amenazado, y responde amenazante. Tiene, podría decirse, la psicología del soldado que pasa la guerra dentro de la trinchera, en primera línea de frente, en una constante sensación de peligro. Quizás sea un mensaje cargado de buena intención, pero -por su origen reaccionario- puede acabar excesivamente centrado en el ataque a los mensajes con los que choca aquel cristiano. Quizás se obtiene respeto, pero no nuevos partidarios del mensaje propio, un mensaje que no ha sido comunicado positivamente.

Así, el mensaje adquiere un sabor demasiado ácido: efectivo en un primer momento, pero que escuece y acaba resultando, en general, antipático.

4) La indigestión

La cuarta alternativa es la indigestión de quien intenta hacer compatible el mensaje del cristianismo con cualquier otro que sea dominante, pro bono pacis. Es una situación difícil de sostener, ya que en algunos puntos los mensajes son totalmente incompatibles (no se puede estar a favor y en contra del aborto al mismo tiempo ante la misma situación, a favor y en contra de la ordenación de mujeres, etc.). Retomando el símil de los bares, la indigestión es una salida que a uno le abre las puertas de muchos locales: es decir, aquellos que han sido recelosos del mensaje cristiano verán en esta actitud un acercamiento que aplaudirán. Ahora bien, la incoherencia tarde o temprano sale a la luz. Llega el momento de o lo tomas o lo dejas. Por eso el mensaje resultante suele adquirir un sabor excesivamente dulce: entra bien, pero cansa y no llega a alimentar del todo. Es como las nubes de azúcar: para fiesta mayor dan su juego, pero nadie tiene la máquina de fabricarlas en su casa, para uso cotidiano.

5) El empacho

La quinta posibilidad es el empacho, de quien responde a la colisión con una mezcla de desconfianza hacia todo lo que venga de fuera y un rearme moral y doctrinal anclado en la tradición. El mundo, la opinión dominante, parece no tener solución, pero en lugar de reaccionar agresivamente se construye un mundo paralelo, el mundo de los cristianos, donde el templo se convierte en refugio, y el no cristiano en un extraño. El sabor que puede derivarse de esta actitud es un sabor excesivamente salado. La sal, que en medidas controladas sirve para conservar los alimentos, en su exceso hace las viandas plúmbeas, empalagosas.

Hay algo de caricatura en la descripción de estas cinco actitudes y de sus sabores resultantes. La realidad nunca es así. Ni los sabores se presentan solos, ni se puede encontrar el mensaje cristiano marcado en exclusiva por un gusto concreto. Una misma persona puede expresarse, en la gran conversación de la opinión pública, a ratos agrio, a ratos azucarado hasta la saciedad, sarcásticamente ácido o inoportunamente salado.

Por eso se puede afirmar que hay una sexta y última salida al conflicto del mensaje cristiano con el pensamiento dominante. Última, y única que hace honor al mensaje. Es la opción de la originalidad.

6) La originalidad

Ser original es conseguir una combinación de sabores que provoque, en lo posible, el sabor de la receta original. La originalidad no debe confundirse con la ocurrencia, el diletantismo o la transgresión. Como decía Gaudí, “la originalidad consiste en volver al origen”. Ser original implica relacionarse con el origen de ese mensaje que se quiere transmitir.

Y el origen es una conversación en la Palestina de hace 2000 años cuando Jesús dijo a sus amigos que predicaran la buena noticia del Evangelio. Desde entonces el mensaje cristiano ha sido transmitido, la Iglesia ha actuado como una caja de resonancia y todas las generaciones han tenido quien lo encarnara y predicara. Tenemos numerosos ejemplos hoy día: el Evangelio es viejo, pero es también muy nuevo, como decía un santo muy reciente. Sigue siendo una novedad pasados veinte siglos. Hay demasiadas personas que están de vuelta de un lugar -el cristianismo original- en el que nunca estuvieron, que nunca han podido saborear. Quizás lo han probado demasiado salado en los años cincuenta, demasiado dulce a los sesenta, demasiado ácido en los setenta, demasiado amargo a los ochenta y demasiado soso en los noventa y hasta nuestros días.

Si algún éxito tienen otros mensajes de fragancia espiritual venidos de oriente es, en parte, porque cuentan a su favor el hecho de que lleguen con un aroma de novedad.

En una sociedad poscristiana como la actual, quizás hay que reeducar el gusto y dar al Evangelio la oportunidad de sorprendernos. Hemos vivido un siglo obsesionados por el progreso, y el mensaje cristiano se nos presentaba como un viejo trasto que estorba, del que hay que desembarazarse. El diario de mi ciudad citó en el año 1900 la palabra progreso menos de una vez al día. La fe en el progreso alcanzó su cenit en 1969, en pleno empacho revolucionario, cuando fue invocado en más de 3.000 ocasiones. Desde 2008 la palabra va cayendo en desuso, quizá porque hemos descubierto que el progreso ha acabado degenerando en un eufemismo para referirse a la trampa de vivir a crédito, y al final tendremos que reconocer que tenía razón la abuela cuando decía que no se podía estirar més el braç que la màniga.

Porque una cosa es ser anticuado, y otra bien distinta ser fiel a unos orígenes. Nadie le reprocha a Guardiola que enseñe a jugar un fútbol de hace más de veinte años, porque marca goles y gana títulos. Nadie diría que el cristianismo está obsoleto, si los cristianos estuvieran más contentos por el hecho de serlo.

El secreto de la originalidad

El secreto de la receta original del mensaje cristiano es que cada generación tiene que hacerlo suyo y debe transmitirlo y vivirlo de forma comprensible a sus contemporáneos. Benedicto XVI está intentando que los cristianos centren la atención en lo esencial, que es la belleza de la amistad con Cristo. Deja en un segundo momento, sin silenciar pero tampoco sin sobredimensionar, las obligaciones que conlleva la aceptación de esta amistad. Para él, el cristianismo es un gran sí. Y esta presentación del cristianismo, como una respuesta esperanzada, es lo que mejor puede escuchar una sociedad tan triste, tan triste como la nuestra, lo cual se nota porque va hacia la extinción demográfica. Este acierto de Benedicto XVI al dar el mensaje cristiano el sabor original ¿No podría explicar el ensañamiento con el que se le está tratando desde el establishment políticamente correcto? La rabia no lo explica todo: quizá haya también miedo a que, al final, este anciano que representa aquello contra lo que han luchado durante tanto tiempo, pueda ser escuchado, … y seguido.

Ser original significa, ser auténtico. Si quisiéramos completar la metáfora de los gustos, se podría decir que este último es el caso en que el mensaje adquiere sabor genuino, auténtico, que está en su punto en cada uno de los sabores.

Marc Argemí, marcargemi@gmail.com, @marcargemi

………………………………………………………………………………..

Apéndice

Una de las grandes cocineras de mensaje cristiano auténtico del siglo XX es la Madre Teresa de Calcuta. Benedicto XVI recordaba hace poco la respuesta que esta monja dio cuando le preguntaron qué era lo primero que debería cambiar en la Iglesia: “tú y yo”.

La pregunta sobre cómo llegar a una comunicación de la fe que sea capaz superar con éxito el reto de la confrontación con otros mensajes es, al fin y al cabo, una pregunta sobre la coherencia propia. Es una pregunta sobre las colisiones del mensaje cristiano con la propia vivencia del cristianismo, aquella que hace cada uno y cada una personalmente. En resumen: el factor determinante no es la técnica, sino la vida, no son las aptitudes, sino las actitudes.

Asumido este punto de partida ¿Cómo llegar al sabor original, el aroma inconfundible de la autenticidad?

En realidad, no hay una sola receta. Así como cada chef tiene sus trucos, del mismo modo cada cristiano puede dar al mensaje del Evangelio un tono particular. Del punto de partida, que es la necesidad de coherencia, se deriva que todos los chefs deben conocer bien la receta original y deben respetar los principios básicos. No se puede ser marxista, en el sentido cinematográfico del término, una actitud que el gran Grouxo definió con la sentencia “Estos son mis principios, si no le gustan, tengo otros”. En cambio, se ajusta mucho mejor esa actitud que sugería uno de esos grandes transmisores de mensaje cristiano, a quien no se le ahorraron colisiones:

“—amplitud de horizontes, y una profundización enérgica, en lo permanentemente vivo de la ortodoxia católica;

—afán recto y sano —nunca frivolidad— de renovar las doctrinas típicas del pensamiento tradicional, en la filosofía y en la interpretación de la historia…;

—una cuidadosa atención a las orientaciones de la ciencia y del pensamiento contemporáneos;

—y una actitud positiva y abierta, ante la transformación actual de las estructuras sociales y de las formas de vida.”

En una segunda parte, podríamos explicar algunas recetas que se hayan demostrado exitosas, pero eso ya es harina de otro costal.

Els sabors del missatge cristià a l’opinió pública

Per al llenguatge de comunicació pública, l’Evangeli -bona notícia en grec- és el missatge que difonen els cristians. En el context comunicatiu actual, aquest missatge cristià afronta un repte similar al de moltes altres propostes: aconseguir tenir el torn de la paraula i ser escoltat en aquesta gran conversa global, que s’ha vingut a anomenar opinió pública.

¿Què és, l’opinió pública? Podria representar-se amb la metàfora de la tertúlia de cafè: un lloc on es passa d’un tema a un altre i cadascuna de les persones expressa el seu parer. Es dóna una concurrència més o menys lliure de missatges: uns són del Barça i altres del Madrid, els de més enllà estan a favor dels braus mentre que els de més ençà en contra, i així en tot. L’opinió pública, sabem, no és uniforme, com no són uniformes les converses que es mantenen en les diferents taules d’un mateix bar. Però sí podem assumir que hi ha bars en què predominen un tipus concret de missatges i opinions. Això de vegades es nota fins i tot en la decoració, en l’aspecte i la indumentària dels clients habituals, el mobiliari o la programació televisiva.

Sigui com sigui, fins els bars més dispars entre ells solen compartir un denominador comú, conformat per unes pautes de conducta: per exemple, els clients paguen i els cambrers serveixen, hi ha lavabos, una taula de preus, un horari de tancament, etc.

Pensem ara en l’opinió publicada i expressada en premsa, ràdio, televisió i fòrums d’Internet. En el seu conjunt, i amb tots els seus matisos, formen el que normalment s’anomena opinió pública: allò que es comenta pel carrer, que està a l’ordre del dia. Hi ha una certa pluralitat, com en els bars. I pot identificar-se, també, un cert denominador compartit pels mitjans majoritaris. En aquests entorns, ¿com prova el missatge del cristianisme? ¿és acceptat en el denominador comú de tots els mitjans? reprenent el símil dels bars ¿pot entrar i sortir de bar en bar, o bé malviu en una mala tasca de barri vell?

D’una banda, es pot constatar que algunes parts del missatge són ben acceptades, si no lloades, per l’ànim general: posem per cas les accions de beneficència. Com a molt, els més rondinaires diran que són coses ben estranyes, però no se’ls acudirà qualificar-les de nocives i perillores.

D’altra banda, però, com que l’Evangeli té la peculiaritat de ser una proposta global de vida, per molts altres angles provoca, ben sovint, conflicte. El missatge cristià xoca amb corrents de pensament molt establerts, amb comportaments pràctics estesos i amb interessos econòmics molt definits. Està a la vista de qualsevol observador: hi ha confrontacions fortes en àmbits com el concepte de família, l’educació, el paper de la religió en la societat i el respecte a la vida.

Però seria injust constatar això i no reconèixer que els conflictes no només són culpa del caràcter global del missatge cristià: en sentit oposat, també hi ha missatges o pautes de conducta que es presenten a si mateixes com a incompatibles amb el cristianisme. I no només això: alguns fins es reivindiquen com a posicions l’acceptació de les quals seria imprescindible si hom vol exercir ciutadania de ple dret en la societat. Posem per cas, algunes concepcions de la unitat familiar que ataquen d’homofòbiques i discriminatòries –i per tant, susceptibles de prohibició‑ propostes que, com la cristiana, arrosseguen mil·lennis de bagatge cultural.

Per un costat o per l’altre, es produeix una col·lisió de valors: col·lisió entre el que l’Evangeli diu i el que diuen d’altres.

La col·lisió de missatges empeny els cristians a prendre partit. El terme empènyer expressa amb precisió allò que succeeix: el cristià es veu arrossegat, tant si vol com si no, a definir-se. Per més que vulgui evitar la presa de decisions, la mateixa indefinició ja és, de certa manera, un prendre partit. No es pot nedar i guardar la roba.

¿Quines sortides poden donar-se al conflicte, des del punt de vista cristià? Simplificant molt, podem identificar-ne sis.

1) El silenci

La primera és el silenci: el silenci de qui veu que les seves conviccions xoquen amb allò que sembla ser la postura més acceptada i opta per callar, és a dir, per no manifestar el seu desacord. Quanta més gent prengui aquesta sortida, la que sembla ser la postura més acceptada serà cada vegada més i més dominant. Això farà que la pressió contra els discrepants creixi proporcionalment, per la tendència dels grups humans a buscar una conformitat. A aquesta postura més acceptada se l’anomena amb freqüència allò políticament correcte. I a aquest fenomen de l’ocultació del pensament discrepant, l’espiral del silenci. Però si un cristià opta pel silenci ¿Quin missatge pot arribar a comunicar? Un missatge cristià insípid, que no té gust de res.

2) La paràlisi

La segona sortida al conflicte és optar per la paràlisi: la paràlisi de qui no està disposat a cedir en els propis valors ni té por a manifestar-los, però tira la tovallola a l’hora de promocionar-los. Es refugia en una actitud de lamentació constant per la situació: es pensa que ja no hi ha res a fer i se cedeix la iniciativa a altres propostes. En la pràctica, la paràlisi suposa un reconeixement implícit que hi ha missatges més adequats per al públic actual, que l’Evangeli està passat de moda. A més, el lament deixa poques forces lliures que es podrien invertir en millorar el missatge propi i fer-lo més atractiu.

Així, de mica en mica, el missatge cristià va adquirint certa flaire a tancat i a florit: adquireix un sabor amargant, el de l’amargor de la tristesa i del derrotisme.

3) La reacció

La tercera opció és la reacció de qui opta per mantenir les conviccions contra tots els elements però reacciona davant les altres propostes amb agressivitat. Se sent amenaçat, i respon amenaçant. Té, podria dir-se, la psicologia del soldat que passa la guerra dins de la trinxera, a primera línia de front, en una constant sensació de perill. Potser sigui un missatge carregat de bona intenció, però –pel seu origen reaccionari‑ pot acabar excessivament centrat en l’atac als missatges contra els quals xoca aquell cristià. Potser s’obté respecte, però no nous partidaris del missatge propi, un missatge que no ha estat comunicat positivament.

Així, el missatge adquireix un sabor massa àcid: efectiu en un primer moment, però que cou i acaba resultant, en general, antipàtic.

4) La indigestió

La quarta alternativa és la indigestió de qui intenta fer compatible el missatge del cristianisme amb qualsevol altre que sigui dominant, pro bono pacis. És una situació difícil de sostenir, ja que en alguns punts els missatges són del tot incompatibles (no es pot estar a favor i en contra de l’avortament al mateix temps davant la mateixa situació, a favor i en contra de l’ordenació de dones, etc.). Reprenent el símil dels bars, la indigestió és una sortida que a un li obre les portes de molts locals: és a dir, aquells que han estat recelosos del missatge cristià veuran en aquesta actitud un acostament que aplaudiran. Ara bé, la incoherència tard o d’hora surt a la llum. Hi ha el moment de o caixa o faixa. Per això el missatge resultant sol adquirir un sabor excessivament dolç: entra bé, però cansa i no arriba a alimentar del tot. És com els núvols de sucre: per festa major donen el seu joc, però ningú no té la màquina de fabricar-ne a casa per a ús quotidià.

5) L’empatx

La cinquena possibilitat és l’empatx, de qui respon a la col·lisió amb una barreja de desconfiança vers tot allò que vingui de fora i un rearmament moral i doctrinal ancorat en la tradició. El món, l’opinió dominant, sembla no tenir solució, però enlloc de reaccionar agressivament el que es fa és bastir un món paral·lel, el món dels cristians, on el temple esdevé refugi, i el no cristià un estrany. El sabor que pot derivar-se d’això és un sabor excessivament salat. La sal, que en mesures controlades serveix per conservar els aliments, en el seu excés fa les viandes carregoses, embafadores.

Hi ha una mica de caricatura en la descripció d’aquestes cinc actituds i els sabors resultants. La realitat mai no és així. Ni els sabors mai no es presenten sols, ni es pot trobar el missatge cristià marcat en exclusiva per un gust concret. Una mateixa persona pot expressar-se, en la gran conversa de l’opinió pública, a estones agre, a estones ensucrat fins al capdamunt, sarcàsticament àcid o inoportunament salat.

Per això es pot afirmar que hi ha una sisena i última sortida al conflicte del missatge cristià amb el pensament dominant. Última, i única que fa honor al missatge. És l’opció de l’originalitat.

6) L’originalitat

Ser original és aconseguir una combinació de sabors que provoqui, tant com es pugui, el regust de la recepta original. L’originalitat no s’ha de confondre amb l’ocurrència, el diletantisme o la transgressió. Com deia Gaudí, “l’originalitat consisteix a tornar a l’origen”. Ser original implica relacionar-se amb l’origen del missatge que es vol transmetre.

I l’origen és una conversa a la Palestina de fa 2000 anys quan Jesús va dir als seus amics que prediquessin la bona notícia de l’Evangeli. D’aleshores ençà el missatge cristià ha estat transmès, l’Església n’ha actuat com una caixa de ressonància i totes les generacions han tingut qui el fes vida i el prediqués. Nombrosos exemples els tenim avui: l’Evangeli és vell, però és també molt nou, com deia un sant molt recent. Continua essent una novetat, passats vint segles. Hi ha massa persones que estan de tornada d’un lloc –el cristianisme original‑ en el qual mai no han anat, que mai no han pogut assaborir. Potser l’han tastat massa salat als anys cinquanta, massa dolç als seixanta, massa àcid als setanta, massa amargant als vuitanta i massa insípid als noranta i fins els nostres dies.

Si algun èxit tenen altes missatges de flaire espiritual vinguts d’orient és, en part, perquè compten a favor el fet que els acompanyi un aroma de novetat.

En una societat postcristiana com la catalana, potser cal reeducar el gust i donar a l’Evangeli l’oportunitat de sorprendre’ns. Hem viscut un segle obsessionats pel progrés, i el missatge cristià se’ns presentava com una vella andròmina que fa nosa, de la qual calia desempallegar-se’n. La Vanguardia de l’any 1900 citava la paraula progrés menys d’una vegada al dia. La fe en aquest progrés va arribar al seu zenit el 1969, en ple empatx revolucionari, quan fou invocat més de 3.000 vegades. Des del 2008 el seu ús va davallant, potser perquè hem descobert que el progrés s’ha acabat convertint en un eufemisme per referir-nos a la trampa del viure a crèdit, i al final haurem de reconèixer que tenia raó l’àvia quan deia que no s’havia d’estirar més el braç que la màniga.

Perquè una cosa és ser antiquat, i altra ben diferent ser fidel a uns orígens. Ningú no li retreu a Guardiola que ensenyi a jugar un futbol de fa més de vint anys, perquè marca gols i guanya títols. Ningú no diria que el cristianisme està obsolet, si els cristians estiguessin més contents pel fet de ser-ho.

El secret de l’originalitat

El secret de la recepta original del missatge cristià és que cada generació l’ha de fer seu i l’ha de transmetre i viure de manera comprensible als seus contemporanis. Benet XVI està intentant que els cristians centrin l’atenció en allò essencial, que és la bellesa de l’amistat amb Crist. Deixa en un segon moment, sense silenciar però tampoc sense sobredimensionar, les obligacions que comporta l’acceptació d’aquesta amistat. Per a ell, el cristianisme és un gran sí. I aquesta presentació del cristianisme, com una resposta esperançada, és el que millor pot escoltar una societat tan trista, tan trista com la nostra, que es constata que està trista perquè va cap a l’extinció demogràfica. Aquest encert de Benet XVI en donar al missatge cristià el sabor original ¿No podria explicar l’acarnissament amb què se l’està tractant des de l’establishment políticament correcte? La ràbia no ho explica tot: potser hi ha també por a que, al capdavall, aquest vellet que representa allò contra el que s’ha lluitat durant tant de temps, pugui ser escoltat,… i seguit.

Ser original vol dir, ser autèntic. Si volguéssim completar la metàfora dels gustos, es podria dir que aquest últim és el cas en què el missatge adquireix sabor genuí, autèntic, que està al seu punt en cadascun dels sabors.

Marc Argemí, marcargemi@gmail.com, @marcargemi 

………………………………………………………………………………..

Apèndix

Una de les grans cuineres de missatge cristià autèntic del segle XX és la Mare Teresa de Calcuta. Benet XVI recordava fa poc la resposta que aquesta monja va donar quan li van preguntar quina era la primera cosa que hauria de canviar en l’Església: “tu i jo”.

La pregunta sobre com arribar a la comunicació de la fe que sigui capaç superar amb èxit el repte de la confrontació amb altres missatges és, al final, una pregunta sobre la coherència pròpia. És una pregunta sobre les col·lisions del missatge cristià amb la pròpia vivència del cristianisme, la que cadascú fa personalment. Ras i curt: el factor determinant no és la tècnica, sinó la vida; no són les aptituds, sinó les actituds.

Assumit aquest punt de partida ¿Com arribar al sabor original, a l’aroma inconfusible de l’autenticitat?

En realitat, no hi ha una sola recepta. Així com cada xef té els seus trucs, de la mateixa manera cada cristià pot donar al missatge de l’Evangeli un to particular. Del punt de partida, que és la necessitat de coherència, es deriva que tots els xefs han de conèixer bé la recepta original i n’han de respectar els principis bàsics. No es pot ser marxista, en el sentit cinematogràfic del terme, una actitud que el gran Grouxo va definir amb la sentència “Aquests són els meus principis, si a vostè no li agraden, en tinc d’altres”. Més aviat, s’adiu molt millor aquella actitud que suggeria un d’aquells grans transmissors de missatge cristià, a qui no se li van estalviar col·lisions:

“— amplitud d’horitzons, i un aprofundiment enèrgic, en allò permanentment viu de l’ortodòxia catòlica;

— afany recte i sa :—frivolitat, mai:— de renovar les doctrines típiques del pensament tradicional, en la filosofia i en la interpretació de la història…;

“— una atenció acurada a les orientacions de la ciència i del pensament contemporanis;

“— i una actitud positiva i oberta, davant la transformació actual de les estructures socials i de les formes de vida”.

En una segona part, podríem explicar algunes receptes que s’han demostrat exitoses, però això ja són figues d’un altre paner.

B16 Germany 22-25/09/11

Follow

Get every new post delivered to your Inbox.

Join 43 other followers